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La casa de al lado

                                                                         La casa de al lado En esa casa todo es silencio. Sus habitantes no son mudos, pues los he escuchado saludar a los vecinos cuando pasan frente a la reja, con frases breves y miradas recelosas, como si cada palabra les costara un esfuerzo excesivo. Después vuelven a encerrarse. Un día mi madre me envió a llevarles algunas viandas. —Están muy flacos —dijo—. Les harán mucho bien. Tomé el canasto y crucé el patio. Al atravesar el umbral sentí que la oscuridad me observaba. Era una sensación absurda, pues afuera brillaba el día. Por un instante tuve la impresión de que decenas de ojos me seguían desde los rincones. No habría podido asegurarlo, pero tampoco descartarlo. La mujer salió a recibirme. Era alta y delgada. Tan delga...

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