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La otra gravedad

La otra gravedad Son las once de la noche y como de costumbre Mario se prepara con su ritual de monje trapense para irse a dormir: cepilla sus dientes, se lava la cara, se enjuaga la boca, se pone la piyama, destiende la cama con una pulcritud tal que parece tenderla; y se tumba en ella con esmero, mientras estira  con ambas manos  la sábana y el edredón a ambos lados. Se abraza a la inflada almohada. Ahora parece un envuelto. Toma su libro de esos días, -Libro de sueño, de Borges-; recorre  unas cuantas páginas y ya a punto de dormir, pone el separador de lectura, que le parece una gruesa lengueta de icopor. Apaga la luz y se dispone a morir por unas horas. Sus ojos ya están cerrados y su espíritu se diluye en una neblina de algodón extendido. Empieza a ver imágenes voluminosas, la vecina aparece inflada, al portero del edificio parécenle reventársele los botones de la camisa y la cremallera del pantalón del uniforme de dotación; el perro gigante de la gorda del 203 luce...

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