Anselmo, con nombre de humano


Se escucha al fondo un maullido suspendido. Es Anselmo que se dirige al estudio, como ya es costumbre, para reclamar sus caricias matutinas, entre quejidos y clamores que se hacen más sonoros entra tanto está más cerca. Farid, reducido por esa ternura, le responde:

─Anselmito, venga pues mi cosito, ─y espera por su respuesta que no se hace esperar;  

─Miau, miau; ─y camina de prisa con su singular contoneo que siempre despierta risas─.  

Anselmo cuando camina, especialmente al acelerar su marcha, mueve el trasero como si estuviera en una pasarela desfilando. Sus nalgas se mueven como dibujando un vaivén acompasado, su cola, erguida y temblorosa, marca el ritmo de un vals insonoro; cada paso es una coreografía aprendida y ensayada por millones de años, es una fluctuación entre la elegancia y el ridículo que lleva en su adn. Sus patas, blandas como suspiros, tocan el suelo con el sigilo de un ladrón y su cuerpo entero se balancea como si llevara dentro un secreto demasiado divertido para mantener la compostura. Él sabe que lo observan, —todos en la casa tienen que ver con él, todos le hablan, todos lo acarician en una transacción que necesitan más los humanos que él mismo—. Y que él se reserva y administra a su antojo. Anselmo camina como un actor consciente de su efecto, un mimo peludo que se sabe robar el show con su parsimonia seductora. 

Llega al estudio, mueve de modo singular sus bigotes, Farid lo mira y vuelve a hablarle sin soltar el pincel y la paleta; ─¿qué me le pasó?─. Ansulmo gira la cabeza con aire altanero y ojos de medialuna. Se acerca más, ahora está entre sus piernas. Necesita tan solo tres movimientos en zigzag para completar el rito, luego otro par de maullidos de cajas destempladas, hasta que Farid sucumbe, lo levanta y lo abraza mientras lo besa repetidamente. Anselmo responde posando sus manitas de almohadas esponjosas en su cara; y luego, lo deposita en el piso para continuar prodigándose mutuamente caricias. Ahora, un juego de círculos alrededor de sus orejas hará que cierre sus ojitos y se convierta en un gatico chino de ojos rasgados; después, una ronda de mimos y rascados a lo largo de la nuca hacen que vuelva a estirarse y emitir un ronroneo seductor y sanador. Una transición que los introduce a ambos en el portal de otra dimensión. ¡Es imposible escapar de tanta ternura! Cuatro series de caricias sabe Farid que debe prodigarle a Anselmito antes de que se acomode para dormir otra de sus largas siestas. Ahora, Anselmo lo mira serio e indiferente, ya no lo necesita más, ha salido de su trance, da media vuelta y busca su cama abollonada enseguida de su amo; una distancia narcótica los separa por un par de horas cuando lo busque de nuevo para que sea testigo ocular de su almuerzo.


Cuando Farid sale de viaje, imagina a sus amigos Lorena y Santiago quienes se turnan para cuidarlo, enfrente de su casa tratando de introducir la llave en la cerradura e ingresando con sigilo y llamadas tiernas. Imagina a Anselmo saliendo a su encuentro entre reclamos y aquel alegato que acostumbra cuando se le ha dejado solo largo tiempo. Los imagina caminando a lo largo del pasillo que divide la casa en sus dos alas, hasta el final del taller, donde el maharajá de Kapurthala tiene sus utensilios para la comida y su fuente de agua fresca. Lo acompañan mientras come, él se los ha exijidose lo deben por haberlo dejado solo; lo acarician y luego juegan un rato para después marcharse. En la tarde volverá alguno de los dos para celebrar el mismo ritual, además de limpiar el arenero

Ahora siente que conoce mejor a Santiago y Lorena, que su casa está impregnada de sus olores y un sabor dulce le recorre la garganta, la saliva se le ha engrosado y de nuevo un estremecimiento lo recorre. Desea a los dos por igual, está disfrutando el viaje, pero quiere que llegue pronto el regreso para encontrarse con ellos, para verlos y sentirlos cerca, para resolver esa ecuación química que le supera la piel y le reclama cercanía.  Anselmo los mantiene unidos en la distancia y los aproxima. Saberlos cuidando de su gato hace que los desee más. 



Al llegar a casa, Anselmo lo espera entre reclamos y protestas sin perder esa editada elegancia, la  puerta se cierra tras ellos, mientras que besos y abrazos completan la bienvenida. Él no para de reclamar y Farid de presentarle excusas. Se tiende boca arriba en el piso. Cuando Farid lo acaricia, él le responde con patadas de conejo, no cabe duda de que está feliz por el retorno de su amigo. Esta, la de Anselmo y Farid, es una historia de amor correspondido; la otra, el espejismo que Farid se ha montado, una fantasía de temas no resueltos en su vida.

Comentarios

  1. Amigo querido, soy testigo de la ternura y el amor que Anselmo ofrece y recibe. Conmigo ha jugado al escondite.
    Bello relato de Anselmo y Flavito. Un fuerte abrazo 😘🤗😽

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  2. Qué linda historia!, como siempre llena de detalles y sensibilidad pura. Felicitaciones mi querido Luisfer!

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