La otra gravedad
La otra gravedad
Son las once de la noche y como de costumbre Mario se prepara con su ritual de monje trapense para irse a dormir: cepilla sus dientes, se lava la cara, se enjuaga la boca, se pone la piyama, destiende la cama con una pulcritud tal que parece tenderla; y se tumba en ella con esmero, mientras estira con ambas manos la sábana y el edredón a ambos lados. Se abraza a la inflada almohada. Ahora parece un envuelto. Toma su libro de esos días, -Libro de sueño, de Borges-; recorre unas cuantas páginas y ya a punto de dormir, pone el separador de lectura, que le parece una gruesa lengueta de icopor. Apaga la luz y se dispone a morir por unas horas.
Sus ojos ya están cerrados y su espíritu se diluye en una neblina de algodón extendido. Empieza a ver imágenes voluminosas, la vecina aparece inflada, al portero del edificio parécenle reventársele los botones de la camisa y la cremallera del pantalón del uniforme de dotación; el perro gigante de la gorda del 203 luce con ojos brotados, -se le cae la rodilla que ha dejado ligeramente sobre la otra y da un brinco que lo trae a la vida-.Cae otra vez. Rápido. Como por un tobogán. Aparecen varios seres inflados, se le acercan, quieren asfixiarlo, no logra escabullirse de su mirada y de sus propósitos. Intenta correr y su propio peso no lo deja. Ahora se le desliza la mano que reposa sobre su cadera y lo vuelve a despertar con estrétipo.
Intenta dormir de nuevo, no quiere desesperarse, pues espantaría al sueño. Ante su rostro redondo aparecen cientos de rostros también redondos. Unas gordas manos quieren agarrar su cara y unos dientes gruesos y anchos desean morderlo. ¿Por qué lo miran así esos ojos? ¿Por qué lo desean esos dientes? Un ronquido frustrado lo despierta cuando uno de los rostros está a punto de darle la respuesta.
Vuelve a su afán de dormir. Aún no ha perdido la paciencia, pero está a punto. Aparece él llevando un manojo de personas globo que penden de delgados hilos. Ahora es un infante de proporciones grandes e intenciones no disimuladas. Corre por la pradera de pastos gigantes. Los vellos del pasto se desprenden y empiezan a explotar sus globos humanos, corre aterrorizado, los cuerpos caen desde el aire a una velocidad incalculada. Chorros de sangre le salpican la cara. Y lo despierta la saliva que rueda por su mejilla sobre la almohada.
Comprueba Mario al día siguiente, que todo el cuerpo le pesa. Las piernas son de cemento y los brazos de balastro; al intentar darse vuelta en la cama para incorporarse siente su cadera como de hierro macizo. La parálisis entró en su cuerpo mientras dormía, algo del sueño se quedó a vivir con él para siempre.
Hola mi querido amigo. Cuantas veces no encontramos las palabras para expresar sensaciones relacionadas con con el sueño. Tu lo haces de una forma tan sencilla y elocuente, que parece una mirada en el espejo. Grandioso, sencillamente grandioso. Luis Eduardo Madrigal
ResponderEliminarLuis Fernando. Eso se llama un cuento moderno bien original. La foto maravilloso complemento. Felicitaciones Un abrazo
ResponderEliminarAh y la ilusttración que da apertura al cuento, es genial también. Luz Stella Muñoz.