La casa de al lado

                                                                         La casa de al lado


En esa casa todo es silencio. Sus habitantes no son mudos, pues los he escuchado saludar a los vecinos cuando pasan frente a la reja, con frases breves y miradas recelosas, como si cada palabra les costara un esfuerzo excesivo. Después vuelven a encerrarse.

Un día mi madre me envió a llevarles algunas viandas.

—Están muy flacos —dijo—. Les harán mucho bien.

Tomé el canasto y crucé el patio.

Al atravesar el umbral sentí que la oscuridad me observaba. Era una sensación absurda, pues afuera brillaba el día. Por un instante tuve la impresión de que decenas de ojos me seguían desde los rincones. No habría podido asegurarlo, pero tampoco descartarlo.

La mujer salió a recibirme.

Era alta y delgada. Tan delgada que las clavículas parecían querer abrirse paso bajo la piel. Llevaba el cabello largo y opaco, y no dejaba de mover la mandíbula, como si masticara algo invisible. Tomó el canasto con una avidez que intentó ocultar sin éxito.

Aquella mandíbula me irritaba a más no poder.

Detrás de ella apareció el hombre.

Parecía hecho únicamente de huesos y ropa vieja. Los pómulos le sobresalían del rostro y las mangas colgaban de sus brazos como si hubieran pertenecido a otra persona. Por un momento creí reconocer en él un olor familiar, una mezcla de jabón barato y tela húmeda. 

Luego apareció el hijo mayor.

Tenía una cabeza desproporcionada para el resto del cuerpo, una melena abundante y unas manos grandes. Las muñecas, en cambio, eran tan delgadas que parecía imposible que sostuvieran aquellas manos. Me observó en silencio, como si intentara recordar algo relacionado conmigo.

La última en llegar fue la hija.

Era larguirucha y desgarbada. El cabello lacio y grasiento le caía sobre los hombros. Tenía los labios resecos y el rostro fatigado de quien lleva demasiado tiempo sin dormir. Cuando abrió la boca para saludarme, el gesto quedó suspendido a mitad de camino y terminó pareciendo una mueca.

Detrás de todos aparecieron un perro escuálido y un gato desmirriado.

Los dos parecían tan consumidos como sus dueños.

La mujer desapareció con las viandas rumbo a la cocina. Durante unos segundos todos siguieron el canasto con la mirada. Solo cuando desapareció tras una puerta volvieron a fijarse en mí.

El hombre me ofreció una silla.

Los demás tomaron asiento formando un círculo a mi alrededor. El perro se echó junto a mis pies y el gato permaneció inmóvil, observando quién sabe qué.

Entonces me dediqué a mirarlos.

Había algo extraño en todos ellos. No era únicamente la pobreza ni el hambre. Tampoco el cansancio que les marcaba los rostros. Era otra cosa, como si cada uno viviera encerrado en un pensamiento distinto e inaccesible para los demás. 

La muchacha fue la primera en bajar la mirada.

Algo en su rostro me produjo una sensación incómoda, una ausencia. 

El padre tampoco soportó mucho tiempo mis ojos. Desvió la cabeza hacia un cuadro torcido en la pared y se quedó observándolo con una concentración excesiva. Aquello fue como si se hubiera esfumado por entre el cuadro.

El hijo tragó saliva y miró sus manos.

Yo también las miré.

Sentí un estremecimiento inexplicable. Por alguna razón, aquellas manos me resultaban cercanas, tal vez demasiado cercanas, pero la impresión se disipó antes de transformarse en recuerdo.

El gato abrió la boca para maullar, pero no salió sonido alguno.

Algo parecido ocurría con el perro, que respiraba con dificultad, como si el aire no bastara para llenar sus pulmones.

Miré alrededor. Las paredes parecían inclinarse ligeramente sobre nosotros. Los retratos, las puertas y los muebles producían una sensación extraña, una mezcla de familiaridad y distancia. Como esos sueños que se repiten tantas veces que uno termina olvidando si pertenecen al sueño o a la memoria.

Entonces sentí que algo se movía dentro de mí: un recuerdo o la sombra de uno. Intenté atraparlo. No pude.

Quise levantarme de la silla, no pude.

Quise hablar, tampoco pude.

Y fue entonces cuando comprendí que no era la primera vez que estaba allí. Reconocí el olor de las habitaciones, la disposición de los muebles, la forma en que la luz se detenía sobre las paredes.

Reconocí el silencio, la tristeza y, poco a poco, los reconocí a ellos. A la mujer, al hombre, a la muchacha, al hijo, al perro y al gato. Los reconocí de golpe, como si una puerta se hubiera abierto en algún lugar de mi cabeza.

Sentí una incomodidad en los brazos. Entonces comprendí que aquella era mi casa, que aquellos eran los míos y que yo formaba parte de ellos. 

Por más que lo intentaba, no podía moverme de la silla donde permanecía sentado, hambriento e inmóvil, sujeto por las mangas cruzadas de una camisa que me apretaba el cuerpo como un abrazo impuesto. 

Y entendí por qué todos miraban el mundo desde tan lejos. Yo también llevaba años haciéndolo.

Comentarios

  1. Relato triste.
    Puede ser la realidad p unos .
    Pero releerlo duele.
    La atmósfera es de una agresividad al abandono de la vida y el gris es su entorno.

    Luis.Q te lleva a escribir éstos temas? Mirta Kamya

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  2. Me encanto, siento que genera una reflexión sobre el vivir con alguien y el convivir con alguien, son líneas muy delgadas, donde el vivir es solo habitar un espacio mientras convivir es coexistir en un espacio. Me gustó mucho como las percepciones cambiaron 💙

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  3. Realmente me gustaron mucho los tres, siento que tienen esa narración un poco trágica que te hace sentir la nostalgia y reflexionar acerca de temas un poco más profundos 👏🏻👏🏻 Mayerlin

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  4. Muy descriptivo y desolador, produce angustia y desazón. Describe la miseria con tanta crudeza que te sientes dentro del relato. Te hace reflexionar sobre lo que vemos y lo que no vemos. Olgamar.

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  5. Luisfer.... Es un cuento magnífico... Sobre cómo se mira y observa la realidad disminuida por observar permanente el mismo asunto... Me transpor

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  6. Me transportó a cómo se mira la familia... Tu capacidad descriptiva es fascinante... Y compleja para abordar la realidad simple y absurda..

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  7. Hola Luis Fernando. Ante todo felicitaciones, muuuuuy bien narrado este cuento. Luz Stella Muñoz.

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  8. Primo ya lo leí y sabes q me deja este final: que la familia es única y los sufrimientos que hemos tenido son imborrables (hambre desigualdad distanciamiento entre los miembros por diferentes razones). Esa es mi forma de pensar. Saludos primo eres un poeta. Luz Helena Sánchez.

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  9. Narración real y descriptiva , me encanta la capacidad de mostrarnos en cada renglón de éste cuento la realidad cruda que aún se vive.

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    Respuestas
    1. En qué momento dejamos la misión para la que fuimos creados y nos convertimos en seres tan independientes como si no hubiéramos sido creados para vivir en comunidad, solo por las ansias de conseguir un éxito que solo nos lleva al egoísmo, egocentrismo, inhumanos, voluntariosos y cuando la vida nos confronta con una situación extrema solo queremos salirnos por la tangente y seguir en nuestro mundo, nos cuesta tanto dejar nuestros apejos que hemos construido como nuestra propia cárcel que nos aisla de nuestra propia familia , a quienes no ya reconocemos cuando nos reencontramos con quienes son parte de nuestra existencia a quienes nunca debimos dejar.

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