Niebla en la Séptima

Niebla en la Séptima

Atilio vivía en un edificio viejo de la Séptima con 49. Bueno, lo de vivía era un decir; más bien ocupaba la penumbra de la ventana. Desde ahí se quedaba mirando cómo se moría la tarde sobre Bogotá: al occidente, el cielo se incendiaba un instante antes de hundirse en la oscuridad; al oriente, los cerros bajaban tapados de niebla, como si vigilaran la ciudad desde antes de que inventaran los semáforos, las iglesias o los buses. A veces le daba por pensar que Bogotá no se había construido sobre la Sabana, sino sobre un monstruo viejo que todavía estaba dormido abajo.

Toda su vida se le iba en la Séptima.

En las mañanas creía dictar unas clases en la Universidad Santo Tomás y después se subía a un bus hacia un colegio por allá en la 100, donde había sido profesor. Almorzaba cualquier corrientazo caliente —más por el recuerdo del frío que por hambre— y regresaba al centro cargando el mismo morral gastado de siempre. Por la tarde se sentaba en una oficina de una revista cultural ahí mismo en Chapinero, pues era corrector de estilo; y de noche caminaba hasta la Universidad Javeriana. Llegaba al apartamento a la medianoche, pero no cansado, sino como diluido, con la sospecha de que se había pasado el día entero atravesando una ciudad que no terminaba nunca, o que de pronto la ciudad lo estaba atravesando a él.

Los fines de semana la cosa no cambiaba mucho. Ensayos de teatro, hablar paja en cafés donde el humo y el tinto se quedaban pegados a las paredes, o tomarse unos tragos baratos con amigos para discutir de cine, poesía francesa o política, mientras afuera lloviznaba sobre las luces amarillas. A veces Atilio se quedaba mirándolos hablar y sentía que las voces venían desde el fondo de un pozo, como si un vidrio invisible lo separara de la mesa. Nadie le pedía la palabra; nadie interrumpía su silencio. Y después, a caminar.

Atilio caminaba la Séptima como quien recorre una vieja herida.

Bajaba hasta La Candelaria o cogía para el norte sin rumbo, siempre con el gabán negro, la bufanda hasta la nariz y las manos metidas en los bolsillos. Le gustaba pensar que debajo del pavimento todavía estaba el camino muisca que unía a Bacatá con Usaquén. En el centro se quedaba mirando los pedazos de rieles del viejo tranvía que salían del asfalto, esperando oír el traqueteo metálico entre la neblina.

La ciudad se le había vuelto una jartera y una obsesión.

Se ponía a leer las placas oxidadas de las casas republicanas, miraba las ventanas iluminadas de los edificios viejos y pensaba en los que habían muerto ahí adentro. Bogotá estaba llena de presencias, pero no de fantasmas de película, sino de algo más harto: memorias pegadas a los muros, voces que el frío congelaba para no dejarlas ir.

Por eso hablaba solo en la calle. Apenas un hilo de voz, respondiéndole al aire: —Ya venía caminando desde antes...

De golpe metía un frenazo un bus o gritaba un vendedor ambulante y el estruendo lo escupía otra vez a la superficie. La Séptima seguía ahí: viva, un mapa de ruidos, una mano de gente.

Al llegar al Parque Nacional le daban ganas de meterse entre los árboles, pero los pies lo desviaban. Había algo raro en esa oscuridad húmeda, una fijeza que lo llamaba. Entonces seguía derecho hacia el Museo Nacional, imaginando el eco de los presos de cuando eso era una cárcel. Más abajo pasaba por la iglesia San Diego, la Santamaría y las torres del Centro Internacional, que crecían sobre una ciudad que en el fondo seguía siendo fría y colonial.

Frente al Museo del Oro pensaba en los tunjos enterrados en el barro y en el río Vicachá, que pasa por debajo de la Jiménez sin que nadie lo vea. Le gustaba esa idea: una Bogotá hecha de ríos invisibles y recuerdos enterrados.

Pero el cansancio pesaba.

La montonera del centro lo sofocaba: turistas, evangélicos gritando con un parlante, policías, punkeros, tipos vendiendo de todo. La gente parecía llevárselo por delante, aunque el aire entre los cuerpos nunca llegaba a romperse; nadie tropezaba de verdad contra él. Aceleraba el paso hacia la Plaza de Bolívar y terminaba metido en el Chorro de Quevedo, entre humo de marihuana, pola y guitarras destempladas.

Ahí se quedaba mirando los carajillos humeantes en las mesas ajenas, buscando un calor que ya no era el suyo. El frío le salía de adentro, de los huesos.

A veces sentía que la Séptima se lo estaba tragando, que de tanto andarla ya se había vuelto otra sombra de la avenida. Un tipo condenado a repetirse entre la llovizna y los faros de los buses.

Y tocaba devolverse.

Pasaba otra vez frente al Jorge Eliécer Gaitán, Las Nieves, los edificios de oficinas polvorientas donde los viejos miran por el vidrio sin ver nada. Bogotá parecía hecha para los que tienen algo a medias.

Cerca de la casa, por los lados del Hospital Militar, se paró bajo un poste de luz que parpadeaba. El viento bajaba de los cerros, helado, definitivo. Atilio metió la mano al bolsillo del gabán para sacar las llaves, pero los dedos tocaron el fondo de la tela. Nada. No había llaves. De hecho, no se acordaba cómo era su llavero, ni el color de su puerta, ni cuándo había sido la última vez que alguien en la universidad se había volteado al oír su nombre.

Miró hacia arriba, a la ventana de su apartaestudio: estaba apagada, vacía y llena de polvo, igual que las oficinas del centro.

Ahí entendió que no iba a subir. Que no subía nunca.

Un grupo de chinos de universidad pasó al lado, riéndose, con las chaquetas empapadas por el sereno. Pasaron tan cerca que Atilio sintió el olor a cigarrillo, pero ninguno se corrió para darle campo; pasaron a través, como si él fuera solo un manchón de aire más espeso en la mitad de Chapinero.

Atilio miró el edificio por última vez, se subió la bufanda y hundió las manos vacías en los bolsillos. Dio la vuelta y se mezcló otra vez con la gente de la avenida, ligero, eterno, listo para caminar la Séptima una noche más. Abajo, muy abajo del asfalto, el murmullo de las flautas antiguas empezó a sonar. Esta vez, ahí mismo. 



Comentarios

  1. Que buen relato mi hermano. Me encantó el uso majestuoso que haces de ciertas figuras literarias, el ambiente citadino de la gran urbe se refleja de manera hermosa en tu historia. Gracias por otra historia más para esta noche fría en mi pueblo natal. Un abrazo. Carlos

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    1. Estimado Carlos, tú tan generoso como siempre. Un abrazo en estos tiempos de desconsuelo nacional.

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  2. Excelente fotografía descriptiva de la vida bogotana. Traslada perfectamente al lector, al lugar de los hechos...

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    1. Amigo querido, me alegra haberte ayudado en ese traslado a Bogotá.

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  3. Me gustó mucho la forma en que describes Bogotá, casi como si la ciudad fuera otro personaje. Al principio uno siente que Atilio simplemente está perdido o muy desconectado, pero poco a poco empiezan a aparecer esas pistas y al final todo cobra sentido, y ese cierre con las flautas antiguas también me gustó bastante, como si conectara esa sensación de estar atrapado con la ciudad misma

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    1. Amigo querido, hermosa tu lectura de la ciudad como personaje y de Atilio como protagonista. Música de alas en flautas volátiles.

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  4. Buenos días, Luis Fer, muy hermoso tu escrito. Definitivamente, más que cumplir años, se cumplen historias de vida. La descripción de la séptima la tienes grabada en tu sangre; se siente, se respira, late y se percibe en tu escrito. Qué bonito tu reconocimiento, al territorio y a la influencia en tu vida. Diana Chávez.

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    1. Querida Diana, así es, Bogotá me dejó una huella imborrable, una inspiración que no se apaga y un sentimiento de gratitud inmenso.

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  5. Luis Fer este es un homenaje a tantos Atilios habitados por La Séptima. Le das vida a los de a pie. Eso me conecta con tus cuentos. Usas unas metáforas muy potentes. Gracias por compartir tus letras ! Va mi abrazo

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    1. Querido amigo, un homenaje a tantos y a otros que saben conjugarse con la vida.

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  6. Excelente descripción de la vida diaria que se vive en Bogotá. 👏👏👏

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    1. Querido amigo, honor que me haces. Un abrazo.

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  7. Luifer. Qué buena historia hombre. Por momentos me sentí Atilio, hasta envidié muchos espacios de su recorrido, pues sé que si coincidiera en esos lugares, mi comportamiento sería el de él.
    No conozco Bogotá, no sé si por mera curiosidad algún día me interese conocerla así. Pero me la has presentado al punto de querer en otro momento, hacer el recorrido de Atilio.

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    1. Jorge, seguramente algo de Atilio tendrás. No hay duda, de poetas y locos, todos tenemos un poco y, quizás, algo de espectro.

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  8. Huummm, el camino de la desesperanza cuando no nos queda nada, solo repasar la vida sin sentido y llena de lugares comunes, un hilo tenue entre la vida y la muerte muy bien retratados como en los clásicos rusos congratulaciones . Fernando Sánchez

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    1. Fernando, querido. Algo de eso habrá también, pero sobre todo, el reconocimiento de los lugares que nos forjaron y la manera como se nos quedan tatuados en el alma y en el cuerpo.

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