Juncos rotos

 

Juncos rotos

La vida de Emiliano del Monte se medía en estrictos horarios y en círculos que pocas veces se cruzaban: las mañanas dedicadas a desmenuzar conceptos en las clases de filosofía que impartía en un colegio; las tardes de cuerpo y voz en los ensayos de su grupo de teatro y las líneas de cifras rigurosas con que administraba el fondo de empleados. Pero aquel viernes de diciembre el ambiente era otro. El almuerzo que había organizado no era sólo para cerrar el año escolar, devolver los ahorros acumulados y cuadrar los intereses de los préstamos. Era un ritual de clausura a escondidas. Nadie en la mesa podía imaginarse que en su apartamento ya estaban las maletas listas; había decidido abandonar el país.

El almuerzo transcurrió entre risas flojas de cansancio de fin de año, brindis efusivos y palmaditas en la espalda agradeciendo su impecable gestión. Al salir del restaurante, Emiliano respiró profundamente, sintiendo el aire cargado de la tarde. Ya estaba a punto de acabar. Le quedaba entregar el resto en efectivo a dos compañeras que vivían a pocas calles de su edificio.

Conversando, Fanny y él, anduvieron largo trecho, los dos solos en la desnudez de la acera, hasta que el cruce de las avenidas los obligó a separarse. Ella hizo gesto de llamar un taxi, y él hizo lo mismo.

—Buenas tardes. Por favor, ¿me lleva a Chapinero? Calle sesenta y uno.

—Claro doctor —dijo el conductor, mientras acomodaba el espejo retrovisor—. Vamos por la Once, porque la Séptima y la Caracas a estas horas son un caos.

—Sí, está bien, lo que sea más rápido.

El taxi se deslizaba por las calles vacías con extraña ligereza. Emiliano, recostado en la ventana, aprovechó la marcha para constatar con el tacto el relieve de los billetes que tenía repartidos por los bolsillos de la chaqueta y del pantalón: un millón quinientos veinticinco mil pesos exactos para cada una. Iba absorto revisando las cifras cuando el taxi paró en seco ante un semáforo en rojo, cerca de la setenta.

La puerta trasera se abrió violentamente. Antes de que pudiera volver la cabeza, el espacio se volvió nada.

Un hombre subió al asiento del copiloto, y dos más se colaron a sus costados y lo sujetaron.

—¡Al centro y no mires! —dijo una voz seca, sin inflexiones.

Emiliano obedeció con la dócil indiferencia del que no acaba de entender.

—¡Baja la cabeza, si no quieres que te matemos ahí mismo, hijo de puta!

Una mano grande y áspera le echó la cabeza hacia las rodillas. Emiliano sintió que una llamarada de calor le abrasaba las orejas y el rostro. Cerró con fuerza los ojos, agarrándose al ruido del motor para adivinar el camino: el traqueteo de la avenida Chile, el recorte hacia la Séptima y el giro hacia el norte.

—Por donde siempre —señaló el de adelante, con una tranquilidad acostumbrada.

Un sudor frío empezó a ensoparle el cuello de la camisa, pegándole la tela a la piel.

—Colabore y salimos rápido de ésta, ¿oyó?

La frase, a pesar del tono hostil, le causó un extraño alivio: había una negociación implícita, un precio a seguir vivo. El taxi siguió con frenadas y aceleradas hasta que los puntos cardinales se le borraron. El pavimento dejó de ser llano, el vaivén del carro denotaba un camino rústico. Por fin se apagó el motor.

—A ver, camine —susurró el que estaba a su derecha, rozándole la oreja—. Se baja despacio, y sigue al que va adelante. Si usted intenta correr, lo quebramos. ¿Entendió?

—Sí, sí… —balbuceó Emiliano. Un golpe seco en la coronilla le cortó la réplica.

Al pisar la calle, la luz grisácea de la tarde le hizo daño a sus ojos. Vio el letrero verde de un cajero automático en la esquina y más allá un camino bordeado por árboles altos y frondosos. Caminó entre los dos hombres, apretado, arrastrando los zapatos por la tierra suelta mientras el aire estaba lleno del áspero graznido de las mirlas del humedal. Desesperadamente buscó una ventana abierta, el rastro de algún habitante, el paso de un transeúnte, pero la calle estaba muerta.

El guía empujó una puerta de madera desvencijada. Cruzaron el umbral a un terreno donde la maleza crecía sin control y el suelo se hundía bajo sus pies a cada paso.

Emiliano pensó en La Conejera, y el nombre del humedal le llegó a la boca con el sabor amargo de una sentencia. Sus piernas se convirtieron en gelatina.

—Mírame bien la cara —dijo el tipo más alto, volviéndose y acortando la distancia hasta que Emiliano pudo sentir su rancio aliento—. Si grita, lo picamos aquí mismo y lo echamos al agua.

Una ligera llovizna de saliva salpicó sus mejillas.

Llegó la requisa, atropellada, meticulosa. Con rapidez le quitaron la billetera, el reloj de la muñeca y el celular del bolsillo. Uno le apuntaba al pecho con un revólver de cañón desgastado, mientras el otro se arrodillaba para registrarle las medias, en busca de más efectivo. Emiliano se puso a llorar, un llanto silencioso que le llenaba la boca.

El jefe de la banda sacó de la pretina un cuchillo largo. El brillo de la hoja hizo desaparecer todo lo demás.
—La clave de la tarjeta, deprisa malparido. —hizo amague de apuñalarlo.

—Dos, ocho, tres, cero. —Habló entrecortado.
—¿Cómo es que se la sabe de memoria, hijo de puta?

—Es… es la fecha del cumpleaños de mi madre.

—Repítela mirando al suelo.

—Dos, ocho, tres, cero.

El jefe pasó al hombre del revólver su tarjeta.

—Anda y mira. Si nos está mintiendo, nos toca volver a pelearlo.

El tiempo quedó suspendido. El custodio que se quedó con él no se movía, con el arma apuntando al suelo, pero los ojos fijos en su rostro. Pasaron minutos que tuvieron la densidad de las horas. De repente, sin previo aviso, un impacto brutal en los omóplatos lo mandó hacia adelante.

—Al agua, hijueputa.

Cayó de bruces en el agua estancada y negra del humedal. El lodo denso lo recibió con un abrazo helado, hundiéndolo hasta el pecho. Trató de tomar aire, pero tragó un sorbo espeso de lodo y descomposición que lo hizo ahogarse. La desesperación le devolvió una fuerza animal: chapoteó a ciegas entre las raíces sumergidas que se le enredaban en los tobillos como lazos. El frío del agua le calaba los huesos, anestesiándole los músculos, mientras sus manos arañaban la base de los juncos, cortándose con las hojas afiladas. Avanzó a gatas, hundiéndose y saliendo a la superficie para escupir el agua podrida, impulsado únicamente por el terror de escuchar un disparo por la espalda.

Cuando sus dedos tocaron la dureza de la otra orilla, sus rodillas ya no respondían. Frente a él se levantaba un muro de adobe gris. Del otro lado, como un milagro difuso, se escuchaba el rumor de los carros y se divisaba la silueta de una garita de seguridad.

—¡Auxilio! ¡Por favor! —el grito le salió roto, rasposo.

Se apoyaba en las grietas del adobe con las uñas y trepaba el muro con energía ajena, espoleado por la adrenalina. Al caer del otro lado, el vigilante de turno lo miró con los ojos desorbitados como si viera un aparecido.

—¿Qué te ha pasado, viejo?

—Me iban a matar…me asaltaron ahí atrás…

El guardia se llevó el radio a la boca para pedir refuerzos mientras Emiliano, chorreando un barro espeso que olía a azufre y a alcantarilla, avanzaba a tumbos hacia la entrada de un supermercado. Los clientes se apartaban a su paso, espantados por las costras de tierra que cubrían su rostro y su ropa destilando pantano.

—¿Señor, está usted bien? ¿Qué le ha pasado?

Emiliano no pudo responder; el suelo se levantó y todo volvió a apagarse.

Abrió los ojos y se encontró sentado en una silla de plástico dentro de una pequeña oficina que olía a desinfectante de pino. Una empleada conmovida le acercó un teléfono. En su mente, vacía, sólo quedaba un número flotando: el de la recepción del colegio. Con palabras entrecortadas por el tiritar de sus dientes, relató el asalto y rogó que localizaran a José Francisco y a Carmenza para que lo esperaran en su edificio. Después, la misma mujer le dio unos billetes para el transporte.

El viaje en el autobús fue un calvario de miradas de soslayo. Cuando se bajó, vio a sus amigos al lado de la portería. No hubo preguntas: se fundieron en un abrazo largo, apretado, en el que el barro de Emiliano llegó a manchar los limpios sacos de los otros dos.

Luego, bajo el chorro de la ducha, Emiliano contempló cómo el agua turbia iba perdiendo el color marrón y desaparecía en el remolino del desagüe. Quedó quieto bajo la presión del agua caliente, sintiendo el escozor de las raspaduras en las manos y los pies, mirando fijamente el fondo de la bañera.

Aquella noche no se habló del viaje. Sin embargo, antes de apagar la lámpara, Emiliano sacó del cajón el pasaporte y lo puso sobre la mesa de noche, al lado mismo del despertador.



Comentarios

  1. Cosas inesperadas suceden en la vida y cuando están pasando quedamos, muchas veces con la mente en blanco y la pregunta que nunca falta: Porque yo?
    Y porqué a mí, pero creo que aún en ésos momentos, para no stressarnos más es mejor creer que nada es personal.

    ResponderEliminar
  2. Mijito triste realidad momentos que suenan a fantasía pero que son el pan de cada día de muchas de nuestras ciudades quedan como más que un trago amargo una herida en el alma un grito de impotencia y a la vez un gracias al señor por haber salido ilesos de tanto terror y sufrimiento lo plasmaste muy bien espero que no te haya pasado un abrazo. Fernando Sánchez

    ResponderEliminar
  3. Hola Luis Fernando Yo no le encontré ningún pero. No sé si por la emoción que me produjo, la tensión del cuento por el tema, pero todo me gustó muchísimo y refleja una realidad de Bogotá y de muchas ciudades nuestras donde se vive del robo. Muy buerno. Felicitaciones. Luz Stella Muñoz.

    ResponderEliminar
  4. Leí... El cuento... Me gusto mucho.. lo leí.. con Fernando.. y de forma jocosa.. Fernando dice:" Ese, si,. Le gruñó al demonio" para expresar. Lo bien logrado que te quedó. Edgar Hernández.

    ResponderEliminar
  5. Me atrapaste con el nombre del protagonista. Excelente narración.
    Querido escritor, estás en la mejor etapa de creación literaria. Te felicito! Nancy Cárdenas

    ResponderEliminar
  6. Que gran escrito. Atrapa desde el inicio. La incertidumbre de principio a fin. Y el contnuará exquisito ... será que viaja? Gracias

    ResponderEliminar
  7. Narrativa cruel y real 👏👏

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Post más destacadps