Donde antes hubo ojos

Donde antes hubo ojos


La mañana amaneció con un cielo frío y gris. La niebla cubría todo; estaba como para tocarla. Efrén se arreglaba para ir a su trabajo o a lo que de él quedaba. Estaba seguro de que muy pronto sería despedido, pero no sabía si era por la realidad o por el miedo que siempre lo acompañaba.

Se paró ante el espejo antes de salir. Se miró los ojos; eran de un color miel. Ya no parecían ver, pero aún podían verse. Había algo extraño en ellos; estaban como ausentes. No los veía ni enfermos ni vacíos, sino como que hubiesen partido antes que él.

De pronto algo pasó. En el lugar donde antes estaba su ojo derecho, había ahora un sendero. Era claro y real, y parecía estar esperándolo. Efrén pestañó, pero el camino seguía igual. Al fondo, vio una puerta pequeña y desvencijada. La abrió con mano temblorosa, y los alambres que la sostenían lanzaron un chirrido largo y doloroso.


Efrén dio un paso, luego otro. Se sentía ridículo y, a la vez, libre. Siguió andando; no conocía el camino. La oscuridad del paisaje no parecía amenazadora. Le gustaba pasear por ahí, sin saber lo que le esperaba.

Se sentía pleno y sin preocupaciones. Continuó su camino, sintiendo los latidos de su corazón retumbar en el pecho. No sabía si era el corazón o el estómago, pero le daba igual.

Pensó: ¿qué lugar era aquel y qué significaba que un ojo pudiera tener un mundo dentro? Era un hombre racional y quería encontrar explicaciones a todo.

El paisaje comenzó a difuminarse mientras pensaba. Las sombras fueron niebla, y la niebla, vacío. Efrén estaba de nuevo delante del espejo y se miraba a los ojos.

No se asustó; ya no le importaba. Deseaba probar otra vez con su ojo izquierdo en el que apareció también un camino. Esta vez no tuvo miedo. Abrió la puerta con la misma mano temblorosa y los alambres esta vez sonaron como una bienvenida.


Entró Efrén y ya no dio un paso, sino que avanzó sin esfuerzo. El paisaje era suave y diáfano, como un vuelo. No hacía falta entenderlo, bastaba estar.
Se sintió ligero, sin gravedad. Seguía adelante, sin saber hacia dónde. Y a medida que caminaba, sus ojos tenían menos importancia.

De improviso la quietud se rompió por un insistente ladrido. Un perro encerrado llamaba a su dueño. El ruido fue en aumento y Efrén volvió a la realidad.

Abrió los ojos o lo intentó. La humedad mañanera, el frío, el olor a lluvia, el ladrido lejano, todo estaba ahí. Y también las cuencas vacías donde antes hubo ojos.
Se quedó quieto, escuchando y sintiendo. Entonces comprendió que sus ojos habían dejado de mirar mucho antes de que desaparecieran. No le asustaba volver a trabajar y no lo haría. Era una certeza limpia, definitiva.
Al fin y al cabo, ¿quién va a contratar a un ciego?





Comentarios

  1. Wow, quedé fascinada, me encantó como nos llevaste por esta historia, gracias por este talento que nos compartes. Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Linda historia entre el ser y no ser la realidad contra la ficción es tan difícil trasmitir nuestros miedos y nuestros estados de ánimo lo plasmas muy bien mis sinceros aplausos un abrazo fer. Fernando Sánchez

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Post más destacadps