Una muerte pequeña
Una muerte pequeña
Nixa no puede dormir. No está preocupada, ni ansiosa, ni asediada por esos pensamientos oscuros que suelen provocar el insomnio. Tuvo un día sereno y se podría decir que también apacible. Cenó ligero, apagó las luces temprano e hizo todo para invitar al sueño. Se acostó con la esperanza sencilla de siempre: cerrar los ojos y desaparecer por unas horas, pero el sueño no llega.
Al principio cree que está cerca. Respira con
lentitud, induce la relajación con la paciencia de quien ha practicado por años
ese ritual. No obstante, pasan los minutos y en su interior empieza a
comprender que esta noche tampoco sucederá. Entonces abre los ojos y escucha.
El refrigerador en la cocina parece un enfermo terminal
conectado a un respirador. Las tuberías crujen como las venas de un gigante. El
eco del motor de un automóvil que entra al estacionamiento sube por los ductos.
Más lejos, una música se dispersa por el aire. Y entre todos esos sonidos, está
el rumor de sus propios pensamientos, que trabajan con obstinación sobre asuntos
que a esa hora ya no tendrían que estar.
Se dice que no debe luchar contra el insomnio. Que el
sueño llega cuando uno deja de perseguirlo. Pero cuanto más intenta ignorar su
ausencia, más presente se vuelve. Cambia de postura una y otra vez. Busca la
posición precisa del cuerpo, ese punto donde la conciencia se rinde, pero nada. La
almohada pierde su forma; la manta le pesa como si absorbiera algo de la
gravedad del planeta. Al final se incorpora resignada y toma el Libro de
sueños de Borges, que deja siempre en la mesita de noche.
Lee durante un rato el poema Insomnio, al
principio con atención, luego mecánicamente. Las líneas avanzan, pero las
palabras empiezan a perder consistencia, como si se desprendieran del papel y flotaran
frente a ella. Siente una especie de aturdimiento. Ahora siente hambre.
Va a la cocina y come de pie, en la penumbra: un
trozo de jamón, una lonja de queso, una pera, un vaso de agua. Masticar le produce
un alivio extraño. Mientras lo hace, piensa que no importa, que al día
siguiente podrá dormir una siesta breve después del almuerzo y antes de la
próxima reunión de trabajo.
Así ocurre desde hace días, semanas, tal vez meses.
Lo curioso es que no siente miedo y tampoco angustia.
Solo una incomodidad creciente, la sospecha de que algo esencial se ha
desacomodado dentro de ella. Se pregunta qué puede estar causando todo eso. Si
es el colchón, que empieza a sentirse deformado bajo la espalda. Si es una
guacharaca despistada que canta en la oscuridad, los autos al entrar al estacionamiento, la música clandestina en la madrugada o si acaso es el
trabajo que se infiltra en sus horas muertas. Tal vez es la suma de todo o algo
peor.
Porque últimamente ha empezado a pensar que dormir y
morir se parecen demasiado.
Cada noche nos entregamos al sueño con la misma
docilidad con la que, imagina, algún día habrá de entregarse a la muerte.
Dormir es una pequeña muerte y un ensayo cotidiano de la desaparición.
Y si es así, ¿qué significa no poder dormir? La
pregunta empieza a abrirse paso dentro de ella.
Quizá el insomnio es una negativa de entregar el cuerpo.
Una resistencia a cruzar el umbral. Permanecer despierto demasiado tiempo es
quedar atrapado en uno mismo y condenado a seguir siendo. A Nixa le aterra esta
idea. ¿O será un castigo? Mueve la cabeza tratando de desterrar esa idea.
Regresa a la cama. La manta cae sobre su cuerpo con una densidad extraña. Debajo, el colchón cede apenas, blando y tibio, como una tierra paciente preparándose para recibirlo.
Piensa entonces que dormir acaso no es otra cosa que
eso: hundirse. No subir al sueño, sino caer en él. Permitir que el cuerpo
descienda por entre las fauces del colchón, como si debajo de la cama no
hubiera resortes ni madera, sino tierra húmeda y honda aguardando tragarla pacientemente. Tal vez por eso los
muertos tienen esa quietud perfecta, esa serenidad que tanto se parece al
descanso. Tal vez la muerte no sea más que el sueño llevado hasta sus últimas
consecuencias. Y puede que el verdadero horror no consista en morir, sino en no
poder hacerlo.
Mira el reloj. Son las tres y diecisiete.
Cierra los ojos y se obliga a permanecer inmóvil. El
cuerpo le pesa, los párpados le arden, pero la mente sigue despierta y vigilante,
como un gato siempre atento al más leve movimiento, erguido ante cualquier
ruido y dispuesto a confirmar que nada representa peligro.
Y en algún punto, sin transición, está en otro lugar. Una biblioteca. No recuerda cómo llegó allí. El silencio es profundo y casi ceremonial. Hay estanterías interminables y lámparas antiguas que destilan una luz tibia sobre las mesas vacías. Frente a ella, sentado en una butaca de terciopelo oscuro, hay un hombre.
Lleva auriculares, escucha algo con absoluta
concentración, a lo mejor música o posiblemente recibe una orden.
Levanta la mirada. Sus ojos se encuentran con los de ella con la serenidad de quien la conoce desde hace mucho tiempo. Lo observa y siente la certeza de haberlo visto antes, aunque no logra recordar dónde.
El hombre baja la mirada, pero Nixa sabe que sigue mirándola.
Hay algo en la rigidez de su cuerpo y en la paciencia de su postura que le hace
pensar en alguien acostumbrado a esperar, como quien cumple una tarea cotidiana.
Nixa continúa mirándolo. Tiene un rostro pálido,
severo y extrañamente familiar.
Entonces la música empieza. Una orquesta interpreta "El día que me quieras". Todos los músicos visten de negro. Los violines y los violonchelos parecen flotar suspendidos en el aire mientras la melodía avanza como un hilo de humo terso, formándose y deshaciéndose entre sus manos.
El hombre vuelve a mirarla; y entonces lo comprende: no ha venido a buscarla. Lleva allí desde siempre, esperando
a que por fin recuerde cómo caer.
Nixa abre los ojos de golpe; el cuarto está a
oscuras, el reloj marca las cuatro y doce. Todo parece intacto: la cama,
la ventana, el libro abierto en el suelo y el vaso de agua medio vacío.
Pero ahora sabe que no está sola. Junto a la ventana, donde juraría que no había nada ni nadie, percibe el leve crujido de una butaca en la que alguien acaba de acomodarse. Es como quien todavía puede
esperar un poco más hasta que llegue la hora del sueño definitivo.






Luisfer... Sorprendente como de una pequeña vivencia... Realizasunapiezamagica ..
ResponderEliminarMi querido Fer, te lo dije la última vez que nos vimos, estás alcanzando un nivel magistral en tus relatos. Sabes llevar la tensión propia del cuento de manera que no hay más salida que devorar todo el relato. Muy muy bien, abrazote.
ResponderEliminarSUSTO pintas al cien las sensaciones de los que sufrimos de insomnio que difícil es convivir con eso pero tremendo relato muy realista y claro felicitaciones exploran cada vez nuevos caminos pa.lante. Fernando Sánchez.
ResponderEliminarAcabo de terminar este cuento q me parece maravilloso, me quedé sentada rumiandolo e imaginando el escenario, yo también padezco insomnio entonces puedo recrearlo con bastante fidelidad, al menos desde mi propia experiencia, se lo q se siente, conozco esos fantasmas, esas incertidumbres, esos temores y esos desvelos. Acto seguido me sumergí en tu narración de tu vida calva, quedé muy impactada, lamento profundamente desde mi corazón y mi alma, que hayas tenido que sufrir y padecer esa experiencia, pero veo q emergiste fortalecido, más sabio, más humano y más poeta. Besos
ResponderEliminarTe atrapa y no puedes sino seguir hasta el final. Para cualquiera que haya sufrido de insomnio es como verse retratado en esa situación, que en ocasiones produce desesperación. Estupendo este relato querido LuisFer!
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